Regresando a Alcides

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El profe se llamaba Marcelo. O se llama. Asumo el presente por su edad, casi rozando con la nuestra. No era filólogo. Se había licenciado en la Universidad de la Habana de Bibliotecología y ahora estaba en Santiago de Cuba, como profesor de Gramática Española en un aula de primer año de Periodismo.

Marcelo era delgado, de estatura normal y blanco. Tan blanco que su cara se volvía un ramillete de nervios rojos brotando de todas partes cuando algo lo exaltaba, y una alergia recurrente daba a su nariz, ya notablemente grande, un aspecto de zanahoria madura que contrastaba con el resto de su cuerpo.

Era de San Germán, un pueblito holguinero que, según contaba, no hacía mucho había sufrido una de sus más grandes tragedias cuando un tren embistió una guagua que iba hacia el pueblo cargada de personas que regresaban de sus trabajos y sus centros de estudio. “Cada familia tenía, al menos, un muerto”, nos dijo en una ocasión con su voz grave casi siempre en tonos bajos, pero que a veces tronaba, como si de repente se le acumularan en la garganta cientos de signos de exclamación.

Lo queríamos. Era culto, justo e inspirador. Nos hacía estudiar con los libros con los que se hacen los manuales que pretenden hacer digerible la gramática. Samuel Gili Gaya, Andrés Bello y, solo cuando era muy necesario, Otilia de la Cueva. Algunos incluso nos ganamos sobrenombres que creaba uniendo los apellidos ilustres con los nuestros. “Lili Gaya”. “Yelena de la Cueva”.

Él nos regaló a Rafael Alcides. “Un hombre y una mujer avanzan de la mano por la calle. Y ríen. Hacen planes./ Les fue bien en el hotel donde hicieron el amor y ríen./se citan para mañana. La vida es estupenda./ Mañana él estará tendido en la funeraria una hora antes de la cita (el andamio en el último piso se zafó a las 11 menos 5) / y tres años más tarde ella ingresará en un hospital, /pero sólo por unos pocos días, nada / de cuidado / (según informará a sus amigas: que ya saben que es cáncer). /Pero ahora acaban de hacer el amor,/ tienen una cita para mañana, y ríen, se aprietan las manos. Ha sido una tarde tremenda. /No se cambiarían por nadie.”

Recuerdo haber terminado el ejercicio y salvado el poema, en la tapa interior de alguna libreta que nunca más volví a encontrar. Pero guardé el nombre. Rafael Alcides. Y la idea tremenda de cuán efímera, relativa y frágil es la felicidad.

Luego encontré el libro. Solo y casi deglutido por un juego de manuales para aprender francés en la tienda de libros usados de la calle Enramadas. Costaba 20 pesos. No los tenía. A la librera rogué que lo sacara de la vidriera, que esperara. Ella tenía un rostro amable, pero no accedió a mi deseo. A sus años, imagino que fueron muchos los pedidos similares al mío que no fructificaron. La gente que prometió volver por algo que quería y luego lo olvidó, con esa capacidad humana de olvidarlo casi todo.

Tuve suerte, y al otro día, cuando regresé, allí estaba. La ayudé un poco, lo admito, escondiendo cuanto podía la blanca carátula de Nadie (Ed. Letras Cubanas, 1993) –posiblemente el último de sus libros publicados en Cuba-, detrás de aquellos pesados panfletos en français.

Recuerdo haberme enamorado de muchos de sus poemas, y conmoverme hasta lo más íntimo con aquel hombre que un día descubrió que todo cuando le rodeaba era mentira.
Perdí el libro luego. Y no tengo excusas: solo Platón comprendería el afán entonces irrefrenable por complacer a aquel profesor por el que todo Periodismo suspiraba. Solo yo sé cuánto me arrepentí luego.

Hoy, lo tengo de nuevo. Lo leo a veces. Cuando siento que algo esencial me falta. Cuando necesito completar las conversaciones que emprendo en mi cabeza. Gracias a un amigo. Quien tiene a un amigo, tiene el mundo. Y a Alcides.

Luego busqué otros libros. Pedí. Propuse trueques, y conseguí poemas sueltos, algunos relatos. Pero su literatura me fue esquiva. Hace casi dos años, leí una entrevista mínima que le hiciera Yoe Suárez para un texto con otros infaltables de la cultura nacional. Fue lo último que supe del poeta.

Solo que recién me entero que ha muerto. No se ha dicho alto y claro en ninguna parte, pero no hace falta. Quién sabe si hubiera querida que su muerte se resguardara con el mismo velo de misterio que su vida.

Ahora no me interesan sus opiniones políticas. Si se exilió dentro de Cuba, si era un renegado. Yo solo amé su poesía, una poesía que trascendió su encierro voluntario, que trascendió el silencio y los años en los que ni una palabra suya puso a rodar las máquinas impresoras de las editoriales de la isla donde murió.

Yo solo amé su poesía, que es luminosa y locuaz, irreverente, “un escándalo poético” *, como le corresponde a un  Nadie.
*Así se definió en la nota de contraportada de Nadie.

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Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el junio 21, 2018 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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