Esto no es una historia de amor

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Digamos que lo besó suave en los labios, en los ojos, la nariz y siguió esa línea vertical hacia abajo, casi al punto del ombligo. Digamos que él dijo detente, no hizo caso, y completó la danza de sus labios, sus dientes de bestezuela jugueteando con el par de rosas en aquel pecho.

Digamos que podía sentir su excitación: escucharla, olerla, sentirla, mirarla de reojo. Ni sabiéndolo se detuvo. Mordisqueó lo que creyó su sexo, lo que sabía que era su sexo sobre la tela dura, y dejó una huella, una minúscula huella de rojo y saliva en el pantalón.

Digamos que le dijo vamos, tomó su brazo, y la hizo bajar el escalón del portal e ir con él hasta su casa. Oscuridad total. Abuela durmiendo. Cuarto, el segundo. Sexo. Pero primero la cara de ella, las muletas, un yeso en la pierna derecha o izquierda, no recuerda. El miedo. El short blanco.

Digámoslo ahora para no confundirnos: esto no es una historia de amor.

Mirándolo desde la distancia, piensa que hubiera sido posible distinguir en aquel momento primario del “vamos” la marca, la infame mueca del monstruo.

Fue bueno, no obstante. Dejó que pasara un mes para el resto de las iniciaciones. La primera bofetada. La primera excusa. El primer morado. La primera justificación.  Fue la escalera. La educación Física. Fue otra persona. Fue jugando.

Por fuera, eran como todas las parejas conocidas. Pan en la boca. Abrazo. Beso. Por dentro, eran ella y sus caprichos, y su mal genio, y la pared, y el piso, y la esquina de la cama, casi traspasando el metal frío.

Digamos que pasaron dos años. Casi dos años, hasta el día en que decidió rebelarse. Decirle ya no te quiero ver, ponerse un vestido verde e irse a una fiesta. Y que la llamó, mil veces, hasta arrancar la promesa de que le dirían, sin importar la hora.

Doce de la noche. Quien prometió cumple. Ella declina y la otra insiste más. Intuye que no podrá dormir con aquel moscardón, y finalmente camina hacia la casa del él, sin cambiarse de ropa.

Un par de toques son suficientes. Abre y empiezan las preguntas. Cómo, cuándo y dónde. La mira y ella siente que solo ve el vestido verde. Corto y sudado, ceñido a la cintura. Los zapatos de tacón fino. El pelo alborotado hasta las nalgas.

Se arrodilla ante ella, esconde la cabeza en su vientre, y pide que no lo deje, que nadie la amará como él. Amenaza con matarse. Hace mucho ella dejé de creerle, pero desafiarlo no es seguro. Son las doce de la noche, y huele a alcohol, a cigarros, a sexo.

Miente mirándolo a los ojos, le asegura que nunca lo olvidará y que quizás algún día volverán a encontrarse. Por un momento la suelta y ella se aleja sin darle la espalda. Sabe que no puede darle la espalda pero lo hace, solo un segundo, para girar el llavín de la puerta, terco y minúsculo.

Entonces dice su nombre y lo próximo que siente es su mano pesada en su hombro, el vestido roto, y algo caliente que baja por la piel. Se derrumba, todavía de espaldas, y él la ase por debajo de los brazos. La dejo hacer, y por esta vez, no la obliga a compartir su cama.

Le dice “tengo sueño, quiero irme a casa”, y con las últimas fuerzas de la noche se controla y logra sostenerme sobre los tacones. Él se ofrece a llevarla. Camina a su lado y con la mano izquierda la sostiene por el cuello, quiere que sea una caricia, pero no lo es. Lo sabe ella. Lo sabe él.

Es una cuadra solamente, pero parece una autopista y el tiempo que tardan a ella le sabe a varios siglos. En la esquina de su casa no aguanta más y grita. Se suelta de su agarre y grita más. No importa quién oiga. Familia o vecinos. No importa qué digan.

Ha llovido mucho desde esa noche. Al final, tenía razón al menos en algo: nadie la ha amado como él, ni lo hará.

Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el agosto 17, 2016 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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