Terapia intensiva

neumonia

Tose y la tos es como un martillo. Rompe el silencio, los pulmones, rompe el sueño, la paz de las noches en esas salas tan acostumbradas a la vida y la muerte. Mi abuela tose y la enfermera me dice que le dé agua y le doy, pero no para. Corro la colcha más arriba de su pecho, como si un abrazo a sus pulmones que se levantan como un hipo fuera la solución para la tos que no deja dormir a nadie, que despierta incluso a la señora del frente, con un sueño pesado como ella misma.

Mi abuela tiene sepsis urinaria, neumonía y 86 años. En su carné dice que nació en 1935, pero no es verdad. En la época del nacimiento de mi abuela se nacía, se crecía y un día, cuando era posible, entonces te inscribían en el registro que, en Guantánamo, quedaba en Tiguabos, a varios kilómetros de la cabecera provincial, así que era posible nacer y morir sin constancia, más allá del dolor de la familia y la frágil consternación de los amigos.

Mi abuela está en terapia intensiva. En una cama cómoda, con otros dos enfermos. Una señora con dengue y una embarazada que, cuenta, se ha pasado casi todo el periodo de gestación ingresada debido al asma. Es un salón tranquilo y, en realidad, no hay nadie demasiado grave.

La peor, es mi abuela. La edad, que hasta hace unos meses parecía no pesar demasiado, ahora se le siente en la mirada, en la respiración, en las piernas, en la debilidad con que se levanta en las mañanas para ir al baño, y se desviste, y se deja bañar, acomodar, secar…

Es duro. Sería peor si no tuviera a nadie. Pero igual es duro ser tan frágil, tan delicado, después de una vida de dureza y de trabajo. Porque mi abuela siempre fue una gallega rebencúa que  supo plantar a todo el mundo en su lugar y toda la vida trabajó como una mula.

Cuentan que, como hermana mayor, lavaba, almidonaba y planchaba la ropa de sus siete hermanos varones y que cuando se casó con mi abuelo, un dependiente de tienda de ropa muerto tempranamente por el corazón y la bebida, iba desde el norte hasta el sur de la ciudad con un niño en una mano y otro en los brazos a buscar la leche que daba la finca familiar.

Mi abuela, que en un corto circuito en medio de la lluvia se atrevió a poner la mano en la candela para bajar el breaker, y que ahuyentaba a los ladrones con su presencia temeraria, en medio del marasmo de las tardes, confunde los días con las noches, y dice que ayer mismo la nieta le dijo que se mejorara, cuando la verdad es que desde hace casi una semana no va a su casa, y no ve a la infante.

Mi abuela, a estas alturas, es como un niño pequeño. La misma inconciencia con respecto al medio circundante, la misma falta de sentido del peligro, la misma indefención…, todo eso en un cuerpo adulto, detrás de un rostro adulto como cualquier otro y que puede confundir fácilmente, detrás de un físico que, todavía, no se entera de los desvaríos de la mente.

Tiene, se presume, Alzheimer, una enfermedad que empieza por cambios bruscos de humor, se ensaña con la memoria a corto plazo, y termina por el cuerpo. Una enfermedad que afecta a la mayoría de las personas mayores de 80 años y dicen los investigadores que es probablemente una respuesta a la inteligencia humana.

La cuido y se porta especialmente bien. Ayer no. Ayer casi se levanta de la cama y se va. O por lo menos eso quería y eso dijo. Y sáquenme de aquí, decía, y envolvía todo cuanto alcanzaban sus brazos, como si en realidad su salud aguantara que se pusiera a empacar y se marchara ahora mismo: por lo visto, la mente a veces pierde también la noción de la edad, y del cuerpo.

Duerme la mayoría del tiempo, y tose. Dormida tose. Despierta también, y tosería incluso si hubiera algún estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Es la neumonía, que no da tregua. Yo temo y la despierto, trato de entretenerla con fotos y  con historias, pero está cansada y eventualmente se queda dormida, mi abuela que toda su vida se levantó a las seis de la mañana, y me esperaba desparramada en un balance en mis tiempos de discotecas, hasta la hora que fuera.

Mi abuela que fue tanto, que crió cuatro hijos, y mantuvo a su familia unida hasta hoy, se desvanece poco a poco. Diría que no es justo, pero en realidad no es cuestión de justicia. Tampoco es justo que la muchacha de al lado, con menos de 30 años y una barriga hermosa, esté en una cama de hospital en lugar de la suya, caliente, al lado del hombre al que, dentro de tres meses, le dará un hijo. Pero es triste, por ser cierto. Por ser tan cierto, es triste, como lo dijo alguien: Creo que fue un poeta.

(Esto ya pasó, pero sólo ahora pude darle un final. La viejuca, dentro de sus achaques, está bien)

Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el octubre 7, 2015 en Uncategorized y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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