Distancias. Más allá de las noventa millas

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Carlos se fue hace unos años de Cuba hacia Los Estados Unidos. Desde hace un tiempo hablamos. Nos contamos cosas y, a raíz de ello, conocí a parte de su familia en la isla. Allá, con él, está el resto de sus seres queridos. Su mamá, su esposa, sus dos hijos.

Carlos es un padre de los orgullosos. En facebook no hay día que no comparta fotos de sus hijos. Mis tesoros. Mis preciosos. Mi niña linda. Mi campeón. Les dice. Pero Carlos, recordemos, es un padre cubano, criado por una madre cubana en Cuba, y crecido al lado de otros hijos de cubanos.

Así que tiene la sangre caliente y durante toda su vida escuchó que un pal de palmadas no matan a nadie, y que en ocasiones un buen cinto es la solución para muchos problemas. Y como tal actúa. Un día, sin más, le da un par de palmadas terapeúticas a su hija y esta lo comparte en su escuela.

Es el apocalipsis. Le ordenan buscar otra casa para vivir mientras se aclara la situación que, dicen, es una forma de violencia doméstica. Carlos sabe lo que significa ser violento. Lo ve en las noticias, en la vida real, así que no entiende cómo su manera de educar a sus hijos puede ser violenta. Pero tiene que resignarse. Carlos no es Donald Trump. Es un inmigrante en un país extraño aunque ya hable inglés.

Se establecen pesquisas con los vecinos. De momento, no puede ver a su hija. Su esposa, con ayuda del resto de la familia, trata de sobrellevar la situación. No es fácil tener que prescindir de un día para el otro de las ayudas del esposo, que cuida a los niños mientras ella trabaja, las transporta, busca el sustento…

La trabajadora social, después de varias averiguaciones, decide soltar un poco las tensiones. A Carlos le dan algunas libertades, pero no muchas. Todavía no puede regresar a su casa y a sus hijos lo tienen en una institución para ser tratados por los psicólogos.

Y mientras tanto, él, que ya habla inglés con soltura, no entiende nada. Sabe, no obstante, que hasta cierto punto es bueno que las personas tengan adonde acudir cuando son maltratados, tengan la edad que tengan, pero también entiende que debería haber un límite, porque no todo puede echarse en el mismo saco.

Es un shock compartido por no pocos padres cubanos que llegan a los Estados Unidos. Antes que Carlos, otro amigo me confesó que sentía que sus hijos no eran sus hijos. En la escuela les habían dicho que al menor síntoma de violencia llamaran al 911, así que más de una vez tuvo que comprar juguetes que no podía permitirse y cumplir un capricho por miedo.

Miedo a perderlos. Un miedo que debería ser compartido por los hijos si estos llegaran a saber las dimensiones de una separación forzosa de su familia -casas de acogidas, familias de acogidas, años vagando en el sistema de adopciones-, pero que no comprenden.

El mismo miedo que siente Carlos. Porque nadie, me dice, va a querer a sus hijos más que sus padres. Y él es un buen padre. Eso piensa. Eso pienso, quizás también porque soy cubana, hija de cubana, criada con otros hijos tan cubanos como yo, con una madre de esas que lo mismo te daba una nalgaba que te lanzaba un escobillón, y aquí estoy.

Pd. Carlos es un nombre falso.

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Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el julio 3, 2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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