Las vacas y las culpas

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Héctor decía que criar vacas era una jodedera, pero seguía haciéndolo a pesar de todo. Para las estadísticas, su masa podía contarse con los dedos de una mano, aunque en realidad eran necesarios algunos dedos más. Cada día, entregaba de cuatro a cinco litros de leche en una bodega cercana, y le quedaba para el consumo de la casa.

Ahora no importa cómo lo conocí, ni cuántas veces llegué a verlo, llevada por alguien más, a su casa en medio de la nada, una casa que era la nada en sí misma, como si se cuidara de desentonar con aquel paisaje de pastos secos y zozobra, donde los pastos crecían ralos y mortecinos.

Y a pesar de todo allí estaba, con su familia, una de esas familias que viven de puertas abiertas, y por las noches se escuchan respirar, hacer el amor, contarse historias, una casa de tablas sencillas y cortinas para marcar los espacios del matrimonio, el cuarto de los niños pequeños y la abuela con sus problemas estomacales y la artritis martillándole los huesos. Ni una gota de lujo. “Esto da para lo justo”, dice Héctor y casi le creo.

“Tener una vaca en Cuba, me dice, es una jodedera, pero la verdad es que no sé hacer otra cosa”, me repite una y otra vez. He conocido a algunos buenos ganaderos con grandes fortunas, pero la generalidad es la gente como Héctor, que no tiene de dónde sacar cuando no le cumplen con la comida, con las mieles o con la sal, y tiene que conformarse con el pasto y lo que se consiga para que las lecheras no lo hagan quedar mal y mantenerlas vivas.

Porque muertas, me dice, valen realmente poco, sobre todo si las llevas enfermas para el sacrificio. “No importa que estén gordas como troncos, si tienen aunque sea un desgarro en una pata, lo más mínimo, ya te la pagan como segunda. Y uno tiene que venderla porque mejor poco que nada y es lo establecido”. La última vez que lo vi, preparaba la boda de una de sus hijas. Está invitada, me dijo a conciencia de que no podría ir y, aunque pudiera, no iría.

“Está invitada. La carne va por mí, de la buena”, y me guiñó un ojo. En Cuba, carne de la buena significa carne de res. La categoría no responde a asuntos nutricionales, más bien a la escasez y a los redondos años de prisión que dedica el código penal para quienes sacrifiquen a uno de estos animales de forma ilegal, incluso, para quienes compren sus carnes. No importa que los nutricionistas recomienden pollo y pescado, en Cuba, estar bien alimentado, comer bien…, siempre se emparenta a la carne roja, no importa de donde venga.

De modo que ahí estaba yo, en medio de la nada, sin nada que buscar y sin intenciones de encontrar algo en realidad, participando de la segunda fase de un delito porque, en realidad, no hace la diferencia que quien la mate sea quien la compró, la hizo crecer y la resguarda en las noches.

Para los criadores particulares, una vaca es similar a un usufructo, o a un alquiler. Se compra, se corre con los gastos de veterinaria, se registra, se resguarda, pero en realidad no es tuya. Hay que luchar contra la sequía, y la enfermedades. Pero la mayor epidemia son los ladrones. Por eso, las vacas duermen lo más cerca posible de las casas, se las muda cada tanto, se les pone luz en las noches si es posible, porque si alguien se la llevara no es sólo la pérdida, se suma el dolor de cabeza, la policía, y las suspicacias de que si por casualidad no fuiste tú mismo queriendo encubrir alguna cosa.

Y esa, dice Héctor, es la jodedera. Que su hija se case y él no pueda matarle sin problemas uno de esos animales para brindar en la fiesta, que tenga que guardarse un añojo debajo de la manga, enamorar al veterinario para que se le nuble la vista, y matar al animal con el mayor sigilo, aunque en la fiesta, en realidad, las bocas estén demasiado llenas como para hacer preguntas.

Por eso, las vacas que tiene se pueden contar con los dedos de una mano, y ya está pensando en cambiar de ganado por uno que dé menos problemas… “Aunque yo no quisiera. Lo que yo pido es que se levante la prohibición, ahí sí voy a hacer fiesta y a criar vacas de ver-*dad, porque en realidad no hay animal más noble que una vaca”.

Héctor, de hecho, cuando el año empezó casi estaba seguro de que antes de que este año, por fin, podría celebrar la llegada del nuevo, con carne de la buena, sin necesidad de esconderse. “Todo se ha liberado. La gente puede viajar y Cuba no se ha quedado vacía, puede vender sus casas, y solo lo hacen unos pocos, los carros y todavía la mayoría de la gente no puede tener el suyo…, pero sigue siendo candela matar una vaca, como si el día en que se pueda nos la fuéramos a comer todas de un tirón, como si fuéramos tan brutos. Por eso no me canso de decirlo, periodista, criar vacas, es una jodedera”.

Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el noviembre 23, 2014 en Lo mío primero... y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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