José Martí: Celebración de vida

MARTI

Cree la mente febril que fue su muerte un desperdicio. Un inmerecido final en la manigua para el hombre que llevaba la fuerza mayor en su pensamiento, su voz y sus manos que empuñaban la pluma contra la esclavitud y las cadenas como el más diestro esgrimista hería con su arma la carne que la naturaleza nos hizo débil.

Quien lo dice, antes y ahora, no puede compartir el amor a la Patria que José Martí llevó como una estrella hiriente, encarnada en el pecho. A quien nadie le discutiría su condición de nacional, pasó prácticamente toda su vida adulta fuera de la Cuba a la que le entregó el alma y, más tarde, su cuerpo.

Deportado dos veces, convirtió la idea de la libertad en el rito de su vida, de modo que era su suerte vivir y morir por la independencia de la Patria, ese concepto que abrazó cuando todavía había hombres coqueteando con las migajas que, para su “siempre fiel isla de Cuba”,  disponía la metrópoli.

Ayuda a comprenderlo, que el mismo día en que su firma se une a la del General Máximo Gómez, al pie del Manifiesto de Montecristi, una carta a su amigo Federico Enríquez y Carvajal pone en letra clara su decisión de entregarse por entero y participar directamente en la contienda, con el mismo coraje, dedicación y esfuerzo con que evocó y organizó la guerra.

Tal voluntad es declarada, con una pre claridad asombrosa, a solo horas de su muerte, cuando, en una carta al amigo Manuel Mercado fechada el 18 de mayo de 1895 y que llevaba consigo cuando las balas enemigas azotaron su cuerpo, escribe: ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo -de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

El propio 19, mientras el sol que lo vería morir horas más tarde calentaba con el látigo templado de la mañana, vuelve Martí a declarar su arrojo. Después de que Gómez y Bartolomé Masó arengan a una tropa de 300 cubanos, se hace de la palabra y, con su mejor voz de orador -la misma que hizo a los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, a los cubanos revueltos por la América, novios tercos de la libertad de Cuba- dice a la tropa, en un momento de exaltación, que por su país estaba dispuesto a dejarse clavar en la cruz.

De modo, que no hubo intención de regalarse a la muerte, como algunos se apuraron en decir -muchos años había pasado haciendo luto por su Patria, sufriendo desaires y dolores para venir a malograr su vida después de la dicha grande del regreso-, ni intento de escapatoria hacia el mar.

Cierto es que, cuando ya el combate de Dos Ríos se hallaba en su apogeo, habiendo los insurrectos abatido una avanzada española, pero amenazados por el fuego de la columna española del coronel Ximénez de Sandoval, formada en cuadro, el Generalísimo le ordena: “Hágase usted atrás, Martí, no es ahora este su puesto”, y así lo hace el hombre de chaqueta negra, pantalón claro, sombrero de castor y botas militares también negras, hasta que el viejo dominicano lo pierde de vista.

Lo que pasó después, solo lo podría contar con certeza Martí si esa noche, como las otras  anteriores desde que pisó la arena de La Playita, hubiera podido sentarse a escribir en su Diario de Campaña las impresiones de su primer combate, que hubiera estimado como lo que fue: una acción menor en lo militar, de esas que casi siempre omiten los libros de historia…, si su verbo hubiera llegado a contarlo.

Pero no fue así. Lo último que le vieron hacer fue lanzarse contra las columnas invasoras a todo galope y armado, hasta colocarse a unos 50 metros a la derecha y delante de Máximo Gómez, acompañado solamente por Ángel de la Guardia. “Cuando Martí cayó, me había abandonado y se encontraba solo, con un niño que jamás se había batido: Miguel de la Guardia”, había escrito el viejo General, confundiendo el nombre del único testigo de la muerte del Mayor General.

Tres balas horadan su cuerpo, la primera va al tórax, la segunda le llega al cuello, expuesto por la cabeza híper extendida debido al efecto del impacto anterior -según las conclusiones del doctor Antonio Cobo Abreu- y la tercera hiere la pierna derecha, mientras caía del caballo, el Baconao también herido que Gómez manda curar luego y soltar en la finca Sabanilla, con la orden de que nadie más lo montara.

Dicen que el sitio regado con su sangre fue marcado poco después, por un campesino que lo había conocido, con un palo de corazón. Cuentan también que el Generalísimo se hizo a las balas cuando vio a Baconao llegar, tinto en sangre, sin el preciado jinete y que él mismo, el 9 de agosto de 1896, mandó a que cada hombre de su tropa recogiese una piedra en el río, las cuales fueron colocadas, una a  una, en el sitio donde yació el cuerpo del hombre que parió, desde la distancia, la Guerra del 95.

El resultado, refieren, fue una pirámide rústica, con una cruz de madera al frente con la inscripción “De cara al sol”: el primer monumento que recordó el sitio de su caída valerosa: un verso más del gran poema a la libertad que fue su existencia, las circunstancias de su muerte, y su sobrevida, en el tiempo y la memoria de todos los cubanos.

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Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el mayo 19, 2014 en Lo mío primero... y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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