Sencillamente, Íñigo

Íñigo junto a su esposa, Hilda Pérez

Íñigo junto a su esposa, Hilda Pérez

No sé por dónde comenzar, si por aquella vez en que coincidimos en el evento de talla en madera Guayacán, en Baracoa, durante tres días en los que me acerqué al Íñigo íntimo que queda después de las fotografías, al hombre que para entonces -y estoy hablando de hace más de cinco años- ya caminaba con dificultad y tenía en el rostro la mueca de una parálisis facial ya superada, que le había dejado no obstante ese recuerdo; o por ayer, cuando sobre las 8 de la mañana la voz de mi directora me informó de que el viejo se había muerto.

Durante años, nos fuimos reconociendo y acercando en las asambleas de la UNEAC, en los homenajes y en su Zoológico querido, a resguardo de alguna sombra, en donde me sumergía en sus historias, porque Íñigo era un hombre poblado de historias de muchas cosas, como si hubiera vivido muchas vidas. Llegó a contarme de Jaime Sarusky, ese descubridor de pedazos de identidad cubana que también se nos fue de entre las manos, y que a su vez lo dibujó terco, entregado a la piedra, olvidado del mundo, quizás porque lo sustentaba la vieja, en la casa, con los niños.

Me hablaba de sus hijos con la serenidad de un deber bien cumplido. Todos son grandes y buenos, con los ojos bondadosos como él, no importa si están aquí o con todo el mar de por medio. “Ellos quieren que nos vayamos con ellos para sus casas, en Guantánamo, donde sea que están, pero de aquí no nos saca nadie. Nos la arreglamos bien, Hilda está fuerte, por suerte, tiene la mente clara y todo lo hace a su tiempo, como toda buena mujer de la casa. Mientras podamos, nadie me saca de mi casa”, me había dicho la última vez que conversamos, y que lo vi de cerca, hace apenas unos pocos meses, cuando todavía el Zoológico estaba en obras.

Desde que nos conocemos, le debía una visita como Dios manda. “Me avisas para prepararte algo bueno, y vienes para acá, que nos acotejamos”, me dijo muchas veces. Y yo le decía que sí, que  el mes que viene, que cuando el trabajo no estuviera tan duro, que estaba embarazada y no aguantaba la caminata, que la niña estaba muy chiquita…, hasta que un día me dijo “bueno, mija, cuando tú quieras, ven, que acá estamos”.

Lo recuerdo contento. Sentado en un taburete en la parte trasera de la Galería Eliseo Osoria, muerto de la risa porque de tantas cervezas me dio por tocar tambor. Lo recuerdo haciendo cuentos de todos los colores, con esa gracia tan suya y esa voz que aprendió a decir sin estrépito, como si fuera una prolongación de su vida, esa voz que podía decirte lo que fuere que siempre te caía como una caricia. Porque el viejo hasta llegó a reprenderme. Y duro.

Tenía, ya con sus setenta y tantos, una filosofía de vida. Decía que el hombre tenía que tener su mujer y respetarla en todo. Decía que la vida era para disfrutarla y que si no, si no podía tomarse un trago de ron con los amigos, no valía la pena. Decía que no importa cuán viejo eras, siempre debías tener ojos para la hermosura, aunque el cuerpo no te acompañara en tales escarpadas. Decía que todo lo que hizo en la vida fue por amor, por puro gusto, y que si sus figuras se hubieran quedado solas, olvidadas en el monte, no las hubiera querido menos, aunque fue una suerte que así no fuera.

zoologico-de-piedraDecía que tenía que agradecerle muchas cosas a mucha gente en esta vida, sobre todo a los que primero creyeron en su obra. “Porque antes, cuando empecé, todo el mundo decía que eso no me iba a dar nada, que yo estaba loco, hasta mi mujer, aunque a ella la entiendo, no es fácil tener los brazos llenos de muchachos y un marido que se pasaba las horas tallando piedras, en vez de estar trabajando en el campo, como se suponía que debería hacer”.

Le preocupaba su zoológico, las más de 400 piezas entre animales y humanos que hoy conforman ese sitio paradisiaco de la finca San Lorenzo, antes de Yateras, desde la nueva división político administrativa de Manuel Tames. Le preocupaba, y así lo hacía saber en todos los espacios, que las esculturas de su vida se consumieran bajo el musgo y sucumbieran a la humedad y el olvido.

Y lo repetía, una y otra vez, a cuanta persona con poder de decisión visitara el Zoológico. Tres veces, desde que nos conocimos, me contó la historia de un dirigente de la provincia que, sabiendo su reclamo para adquirir un conservante en el mercado, mucho más efectivo que la fórmula de formol e hidrato de cal que hasta ahora han usado, le dijo que para comprar aquel producto “hacía falta una tubería de plata”.

La última vez que lo vi, que tuve la suerte de conversar con él en esa pradera africana que construyó en las montañas guantanameras, en lo alto de una loma desde donde se ve, espectacular, el Valle de Guantánamo, volvió sobre sus dolores, y me dijo que le parecía muy bien que estuvieran remodelando las instalaciones gastronómicas, que pusieran puestos de venta y espacios para recibir a los visitantes, pero que el Zoológico no era eso, que el Zoológico eran sus esculturas, y esas estaban siendo olvidadas. “Han llegado algunos productos, pero el formol es muy poco. Pero, además, ya es hora de buscar alguna otra solución en el mercado, que sea más duradera, porque mis esculturas no son verdes ni negras, mis esculturas son blancas, blancas como la piedra caliza y se me pierden entre la vegetación, se dañan, y en cualquier momento pierden los pedazos”.

Y luego, me acompaño a un recorrido por el Zoológico, el último que compartimos, el último de muchos. Caminamos casi hasta lo más alto, sorteando cada escalón, hasta que me percaté de su esfuerzo y me excusé por mis rodillas y mis zapatos altos, y le pedí que me acompañara de vuelta, y que siguiera, que siguiera contándome la historia de cada figura, que me hablara del león, blanquísimo porque allí sí pusieron el conservante de cal y formol como se debía, del gorila, del águila y del caballo, de las personalidades que lo acompañaron, de las glorias que conoció y le rindieron tributo a su arte, y a su alma.

Porque Ínigo era más que un escultor, más que un artista. Íñigo era el arte, cuando es de verdad, sincero y visceral. Íñigo era un buen hombre, un hombre capaz de mantener una familia por muchas décadas, de criar hijos desde el amor y el respeto que luego se los profesarían de vuelta. Era un adivino, un soñador, un loco que fue capaz de hacer la maravilla donde otros veían peso muerto y obstáculo. Y así lo recuerdo, y así celebro su vida, aunque frente a su cuerpo inerte, no pude contener las lágrimas y me sentí un poco más sola.

 

 

 

 

 

 

Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el abril 30, 2014 en Lo mío primero..., Uncategorized y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. íñigo fue y será uno de los grandes para mí, lo conocí en el FCBC de Gtmo,tranquilo,paciente y muy campechano. Luego vivií momentos llenos de emoción cuando estuvo acá en Bcoa ,para lo del Guamá en la Loma del Paraíso.Te comento esto porque es mi homenaje y no se compara con la gran obra que nos deja. Gracia Lili por tus letras.

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