Hormigas

por Lilith

HORMIGAS

La besé en la boca y me escupió. La agarré por el torso sin que lo esperara y le apreté los cachetes con las dos manos, atrayendo sus senos iluminados, y se soltó de un respingo que la hizo caerse sobre sus nalgas bien formadas, esas nalgas esculturales de mulata con poco uso.

Y ya, fue la última vez que la vi, pensé que se había esfumado, hasta hoy, le digo al oficial que está sentado sobre la banqueta de pino macizo y anota mis palabras o lo que cree entender de ellas en una agenda mínima, con aire distraído o desconfiado, no podría decir: siempre me ha costado descifrar a los policías.

Pasada casi una hora de preguntas inútiles, por fin se detiene, se rasca la barba en el rojo que le dejó una hormiga brava, guarda la agenda en el bolsillo izquierdo de la camisa y se va.

Manolito, que desde que llegó el fiana ha estado pasando de un lado al otro de la cuadra, se apresura a comerme a preguntas, pero hoy no es su día.

-socio, tira pa acá que estoy seco- me dice cuando le alargo un trago de ron.

-Na. Todo tranquilo. Me vino a preguntar de la Sandra.

-La hija del Compa- pregunta con los ojos en el techo, como si estuvieran cazando hormigas. Buscando más información.

-La misma, pero ya tú sabes, yo le dije lo que sabía.

Luego lo despido. Le digo que tengo muchas cosas que hacer, que las tengo, y lo acompaño hasta la puerta, el tiempo suficiente para que se acabe el último sorbo de ron y me devuelva el vaso de María, que si no se forma la grande.

Sandra. Sandra. La Sandra. Sandrita. Mulatona. Lo rica que estaba, lo bien que sabía a pesar de lo que dicen sobre las negras, que hieden fuerte. Pero Sandra no. Era una mulata fina que olía a lavanda y cremas caras. Hija de español  y negra de solar, pero criada a toda leche en la mejor casa de Guantánamo.

Sandra que estudió conmigo la secundaria y desde chiquitica se mordía los labios para provocarte o se metía en el baño a buscarte en la portañuela, a ver quién vivía. Sandra que, después de los 15, empezó a ponerse ropa de marca y a hacerse la difícil, ella que se había despachado medio escuela, profesores incluidos.

Y en esos pensamientos estaba cuando María llegó cargada de tomates y una lista de mandados para ocuparme la tarde, incluido veneno de hormigas “para ver si por fin acabamos con todas”, me dice como todas las semanas desde que vivimos juntos, hace ya cuatro años. Y me ocupo en ayudarla a colocar los frutos en la cazuela del refrigerador, porque de lo contrario no llegan a mañana. Nos vemos después, Sandrita. Sandra. Ay, Sandra.

María no sabe de Sandra. Si acaso, alguna vez oyó en el barrio de la bronca entre el Compa y yo, cuando se enteró que me estaba comiendo a su hijita, pero eso pasó hace tanto tiempo que ni siquiera me ha preguntado qué, quién, por qué o cuándo. Tampoco, en estos años, ha podido descansar lo suficiente como para preocuparse por mi pasado: las hormigas, cientos, miles de hormigas haciendo filas por las paredes, por el baño, la cocina, el cuarto, la sala de estar, las paredes exteriores, es lo único que le quita el sueño a mi mujer. Mejor así.

Cuando salgo, todo el mundo está hablando de Sandrita, tan bien que el padre pensaba que le estaba yendo por La Habana, con lo buena que era a pesar de que no le mandaba ni un peso y desde que se fue no hablaban por teléfono, y no era que la niña no llamara. De llamar, llamaba, pero el viejo se tardaba tanto en ir hasta la pública de la esquina que cuando llegaba la línea estaba muerta.

En la bodega, está Felo, el segundo novio conocido de Sandra, y el preferido del Compa de todos los tiempos, que veía en él un futuro talento por lo bien que le iba en la escuela y la chispa que le ponía a todo. Lástima que llegara Angola y lo mandaran para el frente, decía siempre, de lo contrario habría que contar con él, con la mente que tenía podía llegar hasta a presidente, y miraba en derredor, esperando una réplica que siempre aparecía. Pero nada, que se puso fatal.

Felo siempre me tuvo tirria, porque por lo menos para la mayoría de la gente yo había sido el primer novio de Sandrita, y él no soportaba ser de la fila. Eso le dijo a los curdas del barrio en una borrachera el día que el Compa le dijo que cuando quisiera podía casarse con la niña, que él los bendecía y les acondicionaba el cuartico de atrás, hasta que consiguieran casa propia.

Ahora me mira con su ojo bueno y escupe para el piso. Después, pide otro trago de ron y sigue canturreando bajito una canción de Juan Gabriel. Yo, por si acaso, lo trato de lejos, porque esa gente así que parece que no matan una mosca son de los peores. Yo prefiero a los malos, y a las malas. Ay, Sandra.

Pero tengo que volver a la realidad. En un segundo, Felo se toma su trago, coloca el vaso en la parte de atrás del mostrador, como para que no se rompa, y me parte para arriba con la banqueta de cabilla de la bodega, gritándome cosas sobre Sandra, que yo era el culpable de todo y que se las iba a pagar una por una.

Por suerte, reacciono rápido y en cuanto lo veo me escabullo detrás de una mesa, espero a que se acerque bien y me le tiro a los pies, que a mí nadie me gana en los agarres. Lo proyecto en el piso y si no me lo quitan, lo mato a trompones.  

Cuando por fin me lo sacaron de enfrente, me fui para la casa por el callejón, para ahorrarme la preguntadera de los socios y las viejas chismosas y que me diera tiempo a arreglarme un poco para que María no se asuste. Y entonces es que saco cuentas:

Ya me habían dicho que el Felo estaba hablando mierda por ahí desde que se supo que Sandrita no nunca se había aparecido en La Habana, pero no sabía que era para tanto. Aquello me lo explicó todo. El fiana temprano tocándome a la puerta, Manolito jodiendo con sus preguntas y sus ojos en el techo y las hormigas, y Felo lanzándoseme encima, con los ojos como fiera.

María, al parecer, todavía no ha oído nada. Cuestión de horas, me digo. Nada más hace falta que vaya a conversar con la vecina de enfrente para que le tiren toda la película y se forme la jodedera en la casa. A ella, por lo que veo, le voy a tener que hacer el cuento completo aunque va y me pongo de suerte y la vecina me ahorra el trabajo. No me importa.

Me baño por fin y caliento lo que quedó del almuerzo. Tengo un hambre de mil demonios pero primero tengo que ir a la casa de Felo, a la policía después y luego a ver a Manolito, para que me resuelva el famoso veneno, a ver si María se relaja con la promesa de unos días de tranquilidad.

Pero no cuento con el Compa, que se ha enterado de todo y me está esperando, sentado en la baranda del vecino, con una expresión indefinible. Siempre que puedo, trato de darle el corte a los problemas con la gente del barrio, coger la otra acera si veo que se me vienen encima, pero no había manera de evitar a aquel hombre que, cuando me vio, se incorporó de un salto y caminó directo hacia mí.

-¿Es verdad? – Me dice y sé que está poniendo la vida en cada palabra.

-Compa, la verdad es que después de aquella vez en la piscina, cuando usted nos sorprendió, no la volví a ver.

-¿Y Felo?, me pregunta y se inclina ligeramente hacia adelante cuando dice el nombre Felo, como si lo estuviera susurrando, aunque cualquiera que quisiera y estuviera a 20 metros podría escucharlo con toda claridad.

-Felo está loco y me tiene el ojo echado desde que se enteró de lo de nosotros. Es más, yo no me creo lo de Sandra perdida. A lo mejor vio la oportunidad de irse a otro lado y se fue, quizás esté hasta en los Estados Unidos- le digo y se relaja visiblemente, y sé que le estoy haciendo un favor al viejo.

El Compa es lo que se dice un español aplatano. Había llegado a La Habana en los sesenta con unos amigos con la idea de pasarse unas buenas vacaciones entre ron y mulatas pero la cosa le salió tan mal que una mañana la policía lo encontró sin ropa ni zapatos y con olor a calambuco del peor, tirado en las jardineras de Coppelia, solo.

Nadie sabe cómo llegó allí y mucho menos qué se hicieron los amigos que lo habían arrastrado a unas vacaciones de ensueño en El Caribe. Lo que vino después, me lo contó Manolito la primera vez que vi a Sandra en la escuela, que el Compa andaba rodando  por La Habana, de terminal en terminal, recogiendo medios y comiéndose las sobras de las cajitas que daban en aquel tiempo hasta que un día se encontró a Petra, que estaba jineteando y pensó que se había ganado la lotería con aquel blanco de ojos azules que no hablaba ruso.

Y así fue, de alguna manera. A España, el Compa no volvió nunca más, pero era trabajador a más no poder y en menos de cinco años había convertido el cuartucho de Petra en una casa de dos plantas a base de vender durofríos de leche con almendra tostada y pasteles de hojaldre que había aprendido de su madre.

Pero justo cuando mejor le iba, Petra, que se había convertido en toda una esposa amorosa, empezó a tener unos retortijones en el estómago que resultaron ser un cáncer que se la llevó en menos de tres meses.

De modo que el Compa, aunque todo lo que dijo Felo fuera verdad, lo que menos necesitaba en el mundo, era que un tipo le matara las esperanzas.

-Y entonces, es verdad- María me saca de mis pensamientos, y paso de sentirme bien conmigo mismo a sentir un dolor atroz en el estómago, dolor de hambre.

-Sí, vieja, ese Felo que está todo tostado desde que le metieron un bombazo. Se lo cree o eso quiere. Nunca voy a saber lo que está pensando María. Sé que le preocupan las hormigas y que no tenemos hijos, las cosas de la casa como a cualquiera, cuándo va a  llegar el huevo, los frijoles, el arroz, pero sus pensamientos me son totalmente ajenos, como el de los policías.

Y salgo a la calle, sin comer, con el estómago pegado al espinazo y con un dolor de mil demonios pero no doy ni veinte pasos cuando tres, cinco, 10 maquinitas de policía me hacen el cerco y se baja el mismo policía de antes a decirme que estoy acusado de matar a Sandra. Ay, Sandra, Sandrita.

Pasan tres días sin que nadie me haga una sola pregunta de Sandra. Al cuarto, el mismo policía que me entrevistó en la casa me conduce a un cuarto estrecho, me indica un asiento y se acomoda él mismo en otro, bien cerca de mí. Solo ahora noto que fuma, quizás por eso era el nerviosismo del otro día, aunque quizás no. Nunca voy a saber qué está pensando un policía, hasta que habla.

Y habla, mucho. Nunca pensé que alguien podría hablar tanto y tan de prisa. Me dice que saben todo y que fue Felo el que les encendió la chispa. Él había dicho que cuando llegó de Angola había visto a Sandra en el hospital entre sueños, y que estaba muy linda, con el pelo rizado hasta la cintura y un vestido gris que le resaltaba los pechos y que le había hablado, aunque él no se acuerda qué le dijo de tan mareado que estaba por los efectos del sedante.

Y que, a los días, cuando recobró la conciencia, una enfermera le había confirmado que una mujer había estado allí, una mulata muy linda que había pedido un poco de agua para humedecerle los labios y le había dejado unas margaritas dentro de una lata de refresco.

Pero ya Felo no era el de antes así que cuando pasaron las semanas y Sandra o quien fuera que lo había visitado no regresó, pensó que era el orden natural de las cosas, que él ya no era un hombre completo y por tanto no merecía una mujerona como aquella, y se dispuso a olvidarla en el fondo de una botella.

Y esa, concluyó el policía, fue la pista definitiva. Porque resulta que en esos mismos días yo estaba trabajando en el hospital y varios testigos confirman haberme visto discutir con una mulata escultural y llevármela por el brazo, dando tumbos. Nadie se metió porque, explicaron, yo era un tipo tranquilo y todos pensaron que era mi mujer, y ya sabes lo que dicen de meterse en esa clase de bronca.

Después, estaba mi sospechosa desaparición del trabajo, los días que estuve sin salir de la casa, que tuvo las luces prendidas día y noche durante una semana completa, sin que nadie me viera un pelo.

De eso, dijo, se enteró por Manolito, que lo atribuía a lo mal que me puse cuando supe que Sandra quería dejar la provincia y no regresar nunca más, porque a Felo le habían dado una casa en La Habana, para que se atendiera la salud, y ella se iba con él, a pesar de todo.

“Sólo falta que me diga dónde está el cuerpo”, me dice pero yo estoy bien lejos. En los ojos de Sandra, marrones como turrón de coco, resaltando sobre su piel fina y los rizos que le llegaban hasta la cintura, diciéndome que se iba para alejarse de todo y de mí, sobre todo de mí.

Y yo que de nuevo la tomé por la cintura y, como la última vez que nos habíamos visto tan de cerca, ella me escupió en la cara, y yo la lancé lejos, la recogí y me la llevé para el parqueo del hospital, desierto a esa hora, y la pinché con una jeringuilla de morfina que tenía preparada desde que la vi entrar al cuarto de Felo, con aquel vestido que le dibujaba los pechos y los ojos llorosos.

Llegar a la casa fue lo más difícil, y convencerla de que se mantuviera callada mientras llamaba al Compa, que ella se había desmayado cuando salió de ver a Felo y que yo me la había llevado porque no quería que llegara a su casa en ese estado.

Pero se espabiló pronto y cuando empezó a levantar la voz me le tiré encima y la volví a besar en la boca, mientras le agarraba los muslos inquietos bajo mi peso, cerrándose toda ella a mi embestida, escupiéndome el rostro, hincándome las uñas en la espalda y los brazos, hasta que no aguanté más y la tiré contra la pared, la cama, el piso, una y otra vez, y ella forcejeando todavía, pero cada vez menos, hasta que terminamos en un charco de sangre, y ella con los ojos desorbitados, con el pelo hecho una lástima, y un hilillo rojo corriéndole por la comisura de los labios hasta el precioso cuello.

Me quedé junto a ella hasta que empezaron a llegar las hormigas. Primero unas pocas, y luego muchas, tantas que en algún momento la cubrieron total, irremediablemente. Las vi recorrerla durante días, hurgando en sus oquedades, abriéndose paso por entre el matorral marrón de su sexo, descubriendo senderos en sus ojos y entre los dedos, como ríos negros por aquel cuerpo amable.

Hubiera podido mirarla siempre, si no fuera por las hormigas, que ya empezaban a no caber dentro del cuarto, de la casa, y andaban como locas por la acera, colándose desde las paredes de los vecinos.

Fue entonces que se me ocurrió enterrarla dentro de la casa, en el cuarto donde la vi desnudarse, y le di el primer orgasmo de verdad, en una cama, con todos los mimos, como se lo merecía, no esos espasmos de mentira de los muchos que la amaron antes que yo, en el vientre de las escaleras y los matorrales.

Cavé un hoyo profundo, coloqué lo que quedaba de su cuerpo en el fondo, enrollada en una sábana y esparcí colonia y alcohol para espantar el olor a sangre, un olor nauseabundo y dulzón que me desveló por años como una promesa eterna de su piel y desapareció sólo cuando María se vino a vivir conmigo y se ocupó desde el primer día en verter ríos de insecticida por toda la casa, sin remedio, porque al otro día otras ocupaban su lugar en la casa, atraídas por el cuerpo desnudo de Sandra.

Acerca de Lilibeth Alfonso

Periodista del periódico Venceremos.

Publicado el marzo 22, 2014 en Lo mío primero... y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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